domingo, 14 de agosto de 2011

El crimen y la perspectiva Sociológica

¿Cómo definir a la Sociología? Cualquier Sociólogo hallaría dicha respuesta como una cuestión compleja, y sin embargo dicho concepto es primordial para la realización de un análisis que se jacté de precisamente, recibir el calificativo de sociológico. El objeto primario de la Sociología es precisamente, la adquisición de un conocimiento de carácter científico, todo ello con un alto grado de dificultad, pues hallamos que su objeto de estudio en por sí mismo disperso (entendiendo esta palabra como sinónimo de cambiante) [1] adjunta a la cuestión anterior surge de manera casi simultánea la inquietud sobre la utilidad del conocimiento adquirido ¿Cuál es el verdadero lugar de la Sociología dentro del mundo y en verdad es útil? Es la interrogante que ha circundado la mente de más de un estudioso de dicha materia ¿Debe limitarse con la descripción de la sociedad? La respuesta es no, el papel de la Sociología es mucho más amplio que la simple descripción de su objeto de estudio, la Sociología debe contribuir también a una modificación de ese objeto de estudio (tal labor es similar a la de un médico; cuya tarea no se agota en un diagnostico acertado), la labor del sociólogo es precisamente, la de intervenir su objeto de estudio para alcanzar un mejoramiento del mismo (es decir contribuir a la eliminación de un conflicto) [2] y esta intervención no sería posible si no se llegará en primer término a una comprensión de lo que puede denominarse como “social” (que a su vez se traduce en una infinidad de relaciones, lo “social” es precisamente un cúmulo de interacciones), la comprensión de estas relaciones requiere ante todo, una capacidad para “separarse”, ello conlleva necesariamente la capacidad de “alejarse” (esto se refiere a poner en duda la validez de cualquier “verdad” vigente).

Otro punto importante es el derivado de los alcances del estudio, pues bien en cierto que es grande la importancia en la delimitación del fenómeno, pues se trata de una cuestión con el carácter de fundamental (la amplitud de lo que puede denominarse como “social” no es recomendable realizar un estudio “generalizado”), personalmente considero como un fenómeno interesante el crimen pues supone ante todo, una condena de manera generalizada por la población y que sin embargo, trae consigo una diversidad de factores que no pueden dejarse limitarse a la simple descalificación.

¿Qué hace a un individuo cometer un crimen? ¿Cuál es el verdadero alcance de la conducta criminal? y ¿Siempre producirá un efecto negativo? Son algunas de las interrogantes que pretendo responder, para ello será necesario alejarse de mi formación inicial (en tanto que el jurista como lo afirmaba Kelsen, no debe ocuparse tanto de la finalidad de la norma como de su estricta aplicación) para adentrarme en un nuevo campo que ofrezca una perspectiva distinta sobre la conducta criminal y para ello tengo la idea inicial de emplear el método dialéctico, pues permitirá la realización de una síntesis que ayude a superar los alcances de la tesis vigentes. El crimen que me interesa no es el que se circunscribe a los delitos o a las situaciones límite que obliguen al instinto, sino el que nace del descontento y la ausencia de medios para alcanzar un fin legítimo (entender el crimen como un aspecto necesario para la depuración de las instituciones y la modificación de la cultura), considerando que una explicación de dicho fenómeno es difícil, me atrevo a realizar un esbozo para mostrar un panorama general sobre lo que quiero y deseo alcanzar.

El Crimen

El crimen es observado de manera general como una conducta antijurídica pero debemos señalar que también como un mal dentro de la sociedad, sin embargo es necesario delimitar el concepto para avanzar de una manera más clara. El crimen puede definirse como toda conducta con un carácter antisocial, mientras que la calificación de delito tiene un carácter particular y solamente puede aplicarse a las conductas señaladas (y sancionadas) en las leyes penales, dando por resultado la premisa de que todo delito es crimen, pero no todo crimen puede considerarse en sí como un delito. El crimen entonces, desemboca en acciones "dañosas o perjudiciales" para el grupo social ¿Es esté adjetivo cierto? En realidad no, pues si bien es acertado que cualquier elemento violatorio del orden (el orden no debe ser contemplado únicamente como la ley pues también abarca los convencionalismos sociales y las normas religiosas y morales) , es en principio una falta social, también debe reconocerse que no todas las leyes y/o valores son “correctos” o “válidos” universalmente, siendo en muchas ocasiones generadores de desigualdad y discriminación injustificada, por lo tanto atentar contra una ley “injusta” no es solamente una acción voluntaria aislada sino un deber social y personal que asume el individuo para generar un cambio, pues si bien es cierta la necesidad del respeto a las leyes para una adecuada convivencia social dentro del Estado (recordando que una adecuada convivencia se refiere a la armonía y no al progreso) también es cierto que ningún ordenamiento es perfecto ni inmutable (como tampoco es perfecto el gobierno para vigilar el estricto cumplimiento en todos los casos[3]) siendo necesario exigir la modificación de las leyes cuando estás no realizan el fin social para el que fueron creadas, y más aún, cuando existe un esfuerzo por parte de una clase o grupo por mantener esta situación de ineficacia normativa; las leyes no son el producto de los acuerdos: las leyes nacieron en la sangre y el fango de las batallas. Pero con ello no debemos entender batallas ideales, rivalidades como las que imaginan los filósofos o los juristas: no se trata de una especie de salvajismo teórico. La ley no nace de la naturaleza, junto con los manantiales que frecuentan los primeros pastores: la ley nace de las batallas reales, de las victorias, las masacres, las conquistas que tienen su fecha y sus héroes de horror[4] la ley es la concreción de la lucha, el resultado de un enfrentamiento entre dos o más conceptos que tienen su peculiar concepción del “debe ser”, por ello hablar de la ley como un pacto o como un resultado de normas de civilidad es erróneo pues oculta el verdadero trasfondo que da origen al sistema jurídico.

La diversidad de pensamiento obliga a reconocer un llamado “derecho de oposición”¿Es posible ejercer la oposición desde una perspectiva institucional? La respuesta es sí, sin embargo las llamadas vías legales son bastante limitadas y se basan más en el llamado “derecho de petición” que en la facultad ciudadana de exigir la eficiencia de los funcionarios (rara vez el funcionario tiene motivos para temer al ciudadano), por ello no es raro que sean los sujetos con mayor poder económico o social sean los únicos capaces de generar acciones concretas por parte del órgano de administración del Estado pues es gracias al apoyo (o animadversión) de los factores reales de poder que muchos de los funcionarios acceden a los cargos públicos, aunque el enunciado “ideal” indica que son los votantes tienen el poder de designar a sus representantes, pero, ¿Qué representante es autosuficiente como para no requerir de otros (medios de comunicación, suministradores de recursos, etc.) en su campaña? De tal manera, la voz de los individuos que no son capaces de ejercer una presión real sobre los servidores públicos es inaudible, ante esta problemática surge la necesidad de modificar el medio empleado y buscar una forma de expresión de la inconformidad que cause verdaderamente una aprensión en la autoridad “O está el hombre bajo el temor, es decir, tiene miedo, o domina por medio del temor; es siervo o señor[5]por ello solamente aquél sujeto con la habilidad de someter, será quien podrá obtener una respuesta pronta a sus exigencias, es así como surge el llamado “mito de la democracia” un discurso donde se afirma el florecimiento de la “pluralidad, libertad y tolerancia” mediante el “mandato ciudadano”. El llamado “sufragio universal” es una muestra más del espejismo del modelo dominante ¿Quién aspira a gobernar? Solamente quienes cuenten con el aval de los productores, aquéllos que están dispuestos a cuanto menos a mantener las condiciones actuales (representación de lo “correcto”) pues la transformación (cambio) es vista como una amenaza (se trata de una simple balanza: si los poderosos cedieran una parte de su fuerza serían menos poderosos) por supuesto que el mantenimiento requiere grandes dosis de manipulación y engaño es aquí donde el dialogo hace de máscara en la dominación, pues la verdadera negociación nace a partir de un reconocimiento sobre el otro, es decir la contraparte, resulta absurdo esperar que los grupos dominantes estén dispuestos a ceder el control a los desposeídos (los privilegios no se hacen para compartirse sino para mantenerse, ya lo recordaba la antigua frase El Rey ha muerto Viva el Rey en alusión a la poca importancia del sujeto que encarnaba al monarca mientras el status quo permaneciera intacto).

Pensemos en un ejemplo muy simple, imaginemos a un individuo cuya condición es marginal; su capacidad económica es básica, su influencia social es por llamarlo de alguna manera “nula” y no tiene posibilidad alguna de ejercer presión[6] ¿Existirá alguna forma de que sea escuchada su petición? La respuesta es negativa pues el medio social solamente funciona a través de la dominación, si el sirviente no es capaz de amenazar al amo (aunque sea de una manera mínima como puede ser la revelación de información) entonces carece de protección alguna contra los malos tratos u omisiones por parte del señor, es ante esta impotencia que el sujeto halla la siguiente premisa: Tengo un derecho que no es efectivo, luego entonces carezco de un verdadero derecho, el derecho por tanto deja de ser derecho y pasa a ser simplemente una enunciación de buenas intenciones pero sólo eso. Cuando un derecho carece de los medios necesarios para hacerse valer, ni siquiera puede considerársele como existente, entonces la persona puede pasar al plano siguiente que es el cuestionamiento de la capacidad del funcionario y posteriormente la valoración de la norma: si el resultado de este ejercicio hace surgir en el individuo las dudas sobre la validez de la misma entonces será necesario para él, actuar en contra de la norma y del ordenamiento del cuál forma parte, es decir la comisión de un crimen, pero para hablar del crimen como una condición de la dialéctica social debe considerarse que el individuo actúa con la intención de evidenciar la falla en la norma y no con una motivación diferente, de ello concluimos que no toda actividad criminal es sinónimo de oposición y más claramente no toda oposición es un crimen, solamente aquél crimen “consciente” es un desafío al orden establecido (y las contradicciones y errores que éste encarna) es decir, un individuo que comete un crimen simplemente para alcanzar una finalidad inmediata no puede ser considerado como un elemento dialéctico: Tomemos como ejemplo al hambriento que roba un pan; nos hallamos ante un sujeto cuya necesidad le impide percibir los alcances de una conducta antisocial, pues solo tiene certeza se su condición y el instinto de supervivencia, tan pronto cambie su situación (obtenga una fuente de alimento) dejará de actuar como un delincuente, por el contrario, un miembro del crimen organizado, es quien tiene (en principio, puesto que no todos los integrantes de estás organizaciones lo poseen y a decir verdad son los menos) el conocimiento de los efectos en su conducta (el criminal percibe que su estado actual no corresponde a sus capacidades y aptitudes, por ello busca un “medio” que le permita alcanzar el lugar al que “verdaderamente pertenece” ) , acepta el crimen como una “forma de vida” al reconocer la incapacidad del sistema para proporcionarle por otros medios una “vida adecuada”, la incorporación a las filas del crimen es un reclamo:

Los “pobres” han tenido que desarrollar sistemas de vida y defensa dentro de una sociedad que no los acoge ni en las posiciones más bajas, sino que los ignora. No se trata de una actitud individual que pueda ser considerada como patológica, sino por el contrario de una repetición de actos a nivel colectivo que cobran sentido en el grupo donde se presentan como un grupo de sistemas y respuestas. Para el observador externo puede parecer extraño, y posiblemente nocivo, pero para los “pobres” en tanto lo sigan siendo, es algo dotado de lógica, natural y necesario: de otro modo no podrían sobrevivir. Por tanto la “cultura de la pobreza” no es tan sólo un conjunto de datos negativos, sino de cualidades que resultan positivas para la subsistencia del grupo.[7] (Nota: en clara distinción del término “miseria” el uso del término pobreza no puede aplicarse únicamente mediante la medición de ingreso o la satisfacción de necesidades, pues nace de la desigualdad en la distribución de recursos y medios de producción en un determinado territorio).

Como podemos ver el crimen es una conducta que halla su sanción precisamente, en el cuerpo social, por ello no es posible su comprensión integral sin una visión amplia (en una sociedad donde prima la anarquía nunca podría hablarse de un dicho calificativo), para la comprensión adecuada de esta actuación deberá realizarse un análisis multidisciplinario que comprenderá entre otras cuestiones el ámbito económico y jurídico pero no podrá limitarse a estos aspectos sino que también requerirá el entendimiento de la cultura y entornos que hacen posible su proliferación pues no es posible agotar la posibilidad de un crimen a una sola premisa despectiva (ello llevaría a absurdos tan deplorables como afirmar que el crimen es una conducta de individuos menos desarrollados o con menos capacidades). Un verdadero estudio del crimen implica entre otras cosas, la capacidad para entender circunstancias muy específicas (aunque dos personas fueran culpables de un mismo crimen, sus motivaciones probablemente sean completamente distintas, la generalización del resultado impide conclusiones válidas) y obstaculiza el deber de denunciar una situación que esta generando problemas en el entorno, la explicación del origen de un crimen tiene teorías tan diversas (desde la biología y medicina hasta la psicología, criminología y teología) que la única forma de comprender el derecho de oposición y su directa relación con el crimen es realizando un estudio completo.



[1] La propiedad deíctica de los fenómenos sociales, esto es su obligada referencia a un determinado contexto espacio-temporal, distingue radicalmente a los fenómenos sociales de los objetos estudiados por las ciencias llamadas “duras” “El oficio del sociólogo: la imaginación sociológica” consultado en http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/coedicion/olive/10garcia.pdf el 11 de agosto del 2011.

[2] Los hombres, y las mujeres, son autores de sus historias, dice Kosellek, tanto si son culpables de las consecuencias de sus acciones como si no lo son; porque son responsables, finalmente, de la inconmensurabilidad entre sus intenciones y sus resultados Kosellek, Reinhart Citado por Guadalupe Valencia García en “El oficio del sociólogo: la imaginación sociológica” consultado en http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/coedicion/olive/10garcia.pdf el 11 de agosto del 2011.

[3] Ni siquiera el más autocrático cabeza de familia puede controlar totalmente, mediante órdenes, a cada uno de los demás miembros de esa familia. Ningún ejército puede funcionar sólo a través de órdenes. Es imposible que el general pueda tener la necesaria información para dirigir todos los movimientos del último soldado… Las órdenes deben ir acompañadas de la cooperación voluntaria. Friedman, Milton Libertad de elegir Ediciones Orbis Barcelona 1983 Página 26.

[4] Foucault, Michel Defender la Sociedad Página 55.

[5] Hegel, Georg Introducción a la historia de la filosofía Editorial Sarpe Madrid 1983 página 154.

[6] Los pobres no sólo carecen de los conocimientos prácticos que se valoran en el mercado, sino también de los necesarios para triunfar en la contienda política en busca de fondos. De hecho, su desventaja en el mercado político es probablemente mayor que en el económico Friedman, Milton Páginas 168 y 169.

[7] Maier, Richard y Maestre, Juan La pobreza en las grandes ciudades Salvat editores Barcelona 1973 Página 75.

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